LOS MISTERIOS DE LA MUERTE

 

LA DESPEDIDA.

Jorge Andrés Patiño Merchán – CHACAL NEGRO…

Créditos a: Don Julio Castro por compartir su historia

Conocer a alguien, no es equivalente a considerarlo un amigo o un allegado. Pues muchas veces nos cruzamos en la vida con ciento de personas con las que se mantiene una relación de compañerismo o camaradería que no consigue escalar a una amistad. No obstante, son personas con las que algún día se pudo compartir una conversación, una cerveza y un espacio en el trabajo.

Tal cual fue la relación que mantuve con Rogelio Flórez. Alguien que, si bien jamás ocupó un lugar en mi círculo más cercano de amistades, si llego a ocupar un puesto en mi círculo de conocidos más gratos de saludar y con los que pude compartir alguna esporádica charla, una cerveza y un puesto de trabajo.

Rogelio Flórez era un hombre moreno de piel reseca y tostada por el sol, enjuto y de cabello ralo, fuerte de carácter y quisquilloso; cuyas maneras toscas de hablar a la gente, le valieron una marcada reputación como una persona malhumorada. Pese a que no lo fuera, pues era de ese tipo de persona taciturna, desconfiada y amargada que le cuesta mantener conversaciones agradables y aún más generar vínculos cercanos de amistad y confianza. Sin embargo, más allá de la mala fama que lo presidia y de las referencias negativas que daban sobre su persona. En lo personal, lo distinguí como un sujeto sensible y amable que no era fácil de tratar. Pero muy leal, cuando alguien se hacía con sus afectos puesto que, era de ese tipo de persona que nunca negaba un favor.

Era un buen hombre del que conocía poco. Pensaría yo que tendría a la mamá viva, una señora que superaba los 70 años con facilidad, pues la nombraba de manera esporádica en las conversaciones y de padre ausente ya que nunca lo nombro. Con un par de hermanos con los que no se relacionaba por problemas con una herencia familiar de la que hablaba con frecuencia. Separado en una oportunidad y ajeno a responder por su primogénito, al que no quería dado que, lo tenía demandado para que respondiera con sus obligaciones de suministrar alimentos, educación, vestido. Y padre de dos hijas más de las hablaba poco, al igual que de su esposa. A la que llegué a conocer luego del siniestro.

Concretamente eso conocí de ese hombre cuarentón, tosco y de carácter indomable que cada fin de semana se la vivía en la cantina, ubicada cerca del molino, jugando tejo y bebiendo cerveza hasta elevadas horas de la noche y la madrugada.

A Rogelio Flórez lo distinguí en vida, pero lo vine a conocer en el lecho de su muerte. Por años compartimos un mismo espacio de trabajo, que nos hizo compañeros de labores, aun cuando no fuimos cercanos. Nuestra eventual relación de trabajo que, muchas veces no escalo de ahí, fue siquiera cordial y armoniosa, algo que pocos compañeros del molino tuvieron la oportunidad de experimentar con ese hombre tosco, malgeniado y gruñón. Por años, él se desempeñó como operario de un molino de descascaro de arroz, mismos que se utiliza en la industria para separar la espiga del grano. Al tiempo que yo, laboraba como obrero o todero. Como aquella persona que presta su fuerza de trabajo en cualquier espacio y cargo de la empresa, debido a la experiencia y el conocimiento que adquirió sobre el proceso de recolección y transformación del grano de arroz. Desde la siembra y recolección de la espiga, hasta el empacado y puesto en venta en los distintos mercados.

Pese a la cantidad de tiempo que compartimos trabajando en el molino, más de 10 años ininterrumpidos, Rogelio Flórez siempre fue un desconocido para mí. Pocas veces nos encontrábamos en el trabajo, más que todo por los turnos discordantes, y cuando por fin coincidíamos en cualquier sitio, nuestra interacción no iba más allá del más monótono saludo y el más sincero apretón de manos. Aunque bien sea dicho que, de él mantengo un único recuerdo, difuso y distante, que se separa por muy poco de la órbita laboral.

Sucedió años atrás, una tarde soleada luego de una extenuante jornada de trabajo. Después de terminar el turno a eso de las 3 de la tarde, con otros compañeros del molino, un tanto más cercanos que Rogelio, arribamos a una cantina ubicada cerca de la arrocera para tomarnos la infaltable cerveza de fin de semana. Fue entonces cuando me saludé con Rogelio Flórez, quien se la vivía metido allí, cada sábado de la semana, jugando tejo y bebiendo cerveza hasta elevadas horas de la madrugada. Sin embargo, lo particular e irrepetible de ese encuentro fue la efusividad y alegría con la que el buen hombre me saludó al verme llegar. Me saludo como a un viejo y querido amigo al que hacía muchos años no veía.  

Aquella tarde se quedaría marcada en mi memoria hasta el día de hoy. Pues aparte de los chicos de tejo que jugamos. bebimos hasta emborracharnos entre chanzas, risas y una conversación muy amena. En la que, el centro de atención fue Rogelio Flórez. Aquel sujeto gruñón y malgeniado que, por unas cuantas horas fue el tipo más alegre y jovial que jamás haya conocido. Bien entrada la madrugada, cuando la tendera cerró la cantina y los gallos comenzaban a cantar para poner al gallinero en pie, el buen Rogelio en su destartalada motocicleta, la cual conducía como un loco, a alta velocidad. Según él, porque borracho conducía mejor que sobrio. Me acerco a mi casa sano y salvo. No sin antes purgarme varias veces del susto debido a las maniobras riesgosas que hacía conduciendo, las cuales nos dejaron al borde de un accidente en reiteradas ocasiones. Mismo que gracias a Dios no ocurrió.   

El tiempo fue pasando casi desapercibidamente. La rutina volvió a nuestras vidas. El trabajo nos consumió la mayor parte del tiempo, la familia demandó atención, los compromisos y las deudas demandaron dinero. Así sucesivamente, otras miles de cosas similares hicieron que esa próxima vez se fuera dilatando hasta nunca darse. Pese a las varias promesas que nos hicimos y las múltiples conversaciones furtivas que mantuvimos en las que comprometimos repetir la hazaña. Muchas o pocas fueron las razones que impidieron volver a repetir esa tarde inolvidable e improductivo sería nombrar cada una de ellas. Por lo mismo, prefiero pensar que la vida lo quiso así. Aunque no sea del todo cierto.

Los años pasaron y las promesas quedaron en simples palabras hasta que, mucho tiempo después, mientras volvía del molino con rumbo a mi casa, sobre las 7 de la mañana de un domingo, bastante agotado por la jornada, pues había trabajo en el turno de la noche; me encontré, sin llegar a imaginarlo, a Rogelio Flórez mientras esperaba el cambio de luz del semáforo de rojo a verde. Extrañamente, esa mañana mientras esperaba el cambio de luz, la vía quedó prácticamente vacía, algo que no es habitual ya que esta permanece congestionada.

Estaba frente al semáforo parado en la mitad de la calzada esperando, cuando de la nada escuche el zumbido de una motocicleta que inconscientemente me pareció familiar. Fue entonces que la voz de Rogelio Flórez se alcanzó a colar entre el sonido de las dos máquinas:

-      Entonces Julio, ¿Va pa’ la casa? -era la inconfundible voz de Rogelio Flórez. La escuche clara como la caída del agua en una cascada-

-      Si ya. Cansado del turno… -recuerdo que alcance a contestar-

Fue entonces, cuando una fuerza que no puedo explicar me obligó a volver la vista para intentar enfocar a Rogelio. Sin embargo, este se veía borroso, difuso. Era como si mi visión estuviera alterada por el licor, aunque no había ingerido una sola gota. No obstante, estoy seguro que era él, esa era su motocicleta azul destartalada, esa su inconfundible voz y el reflejo que observé de reojo, era el de su rostro tostado por el sol, pese a que no lo pude detallar bien, debido a la obstrucción visual que producía el casco que tenía puesto.

De la misma forma que, esa fuerza extraña me hizo girar la cabeza para observar a Rogelio, nuevamente me hizo girar la vista para ponerla en frente y ver el cambio del semáforo. Fue entonces cuando Rogelio Flórez se despidió:  

-      Luego nos vemos -dijo con una voz apagada, casi distante e inaudible-

Sin responder a sus palabras, por algún motivo que aún no me explico; embrague a fondo la motocicleta y comencé a acelerar suavemente para ponerla en marcha. Sobre la marcha, de manera inexplicable y de la nada me empecé a sentir incómodo y nervioso. Como si acaso estuviera saliendo de un pesado letargo o una turbulenta ensoñación en la que me había inmerso en ese corto periodo de espera. A escasos metros de arrancar, llevando conmigo ese malestar, observé el espejo retrovisor para enfocar nuevamente a Rogelio Flórez. Fue entonces cuando descubrí que éste había desaparecido sin dejar ningún rastro. Como si hubiese sido humo arrastrado por una fuerte corriente de viento.  

Con esa misma pesadez y nerviosismo, llegue a la casa. Sintiendo un insoportable frío que me penetraba hasta los huesos, a pesar del fuerte sol que asomaba desde atrás de las montañas. Ese domingo, el sinsabor y la angustia que me quedó, luego del fugaz encuentro que tuve con Rogelio Flórez, no me dejó descansar.

El siguiente día, más precisamente el lunes por la mañana, debido al cambio de turno que se hace semanalmente de quienes trabajan en la noche y los que lo hacen en el día; y después de tener un pésimo domingo de descanso, me reincorpore al molino con el fin de iniciar una nueva semana laboral. Fue en ese momento cuando me enteré de lo impensado. No eran ni las 8 de la mañana cuando, inocentemente, mientras caminaba por uno de los pasillos, escuche nombrar a Rogelio Flórez:

-      Yo lo vi hace poco -interrumpí con esas palabras a un compañero de trabajo que hablaba con otros cuatro compañeros más- El domingo por la mañana.

-      Eso es imposible Julio -respondió genuinamente asombrado e incrédulo el compañero al que interrumpí-   

-      ¿Y eso, por qué? -repliqué enojado, pues creí que me estaban tomando por mentiroso-

-      Porque Rogelio Flórez se mató en la motocicleta, en un accidente que hubo el sábado por la noche -respondió dubitativo el compañero-  

-      No… No… No es posible, pero si yo lo vi el domingo por la mañana. Incluso cruzamos palabra -repliqué entre sorprendido y asustado-  

Los cinco hombres se voltearon a ver entre sí con un marcado atisbo de incredulidad y sobresalto en el rostro. Sin que lo dijeran expresamente, su expresión corporal y los gestos de sus rostros me daban por mentiroso. Pero la convicción y la sorpresa de mis palabras con la que conté aquel suceso, les hizo barajar la posibilidad de que fueran ciertas. Como efectivamente ocurrió.   

Rogelio Flórez murió en su ley a los 47 años. Pasadas las 11 de la noche, como la mayoría de sus fines de semana, salió de la cantina luego de unas cervezas y unos chicos de tejo con dirección a su hogar, montado en su motocicleta, conduciendo ebrio y a alta velocidad, cuando en el camino topó con un hueco que lo hizo perder el control de la motocicleta y caer al pavimento a pocos metros del semáforo donde lo escuché despedirse por última vez. Muriendo instantáneamente, sin sufrimiento, dolor o remordimiento de nada. Un golpe seco y contundente.   

Al siguiente día, el martes por la tarde sería su entierro, al cual no asistí por una mezcla de temor y respeto. Sin embargo, en la funeraria le devolvería las palabras con las que se despediría:

-      Luego nos vemos Rogelio…




Comentarios

Entradas populares