BAILEN CON LAS SOMBRAS!!!

 

BAILE DE SOMBRAS.

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Por: Jorge Andrés Patiño Merchán – CHACAL NEGRO…

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Escuchó retumbar mi corazón. A veces siento que se me salé del pecho. Otras veces presiento que mi oídos van a estallar. Siento mi cabeza retumbar. Cual pelota que rebota en las paredes de mi cráneo. Y voces que entran por la ventana de mi cuarto. El sonido de trompetas y tambores, un piano desafinado y un contrabajo haciendo vibrar la puerta. Música, carcajadas y pasos de baile, arrastrados en la tierra y el cemento. Personas despidiéndose en la puerta, sin consenso, sin pausa, sin prisa, en el frío y la oscuridad. Rompiendo la tranquilidad y el silencio de la noche.   

Desde mi cuarto los logro escuchar. A veces arriba, otras veces abajo. Sus voces, la bulla, su maldita alegría. Siento mi corazón latir y mi cabeza girar. Como el disco sin aguja, como el tocadiscos que no emite notas. Solo gira y el corazón parece que va a estallar, dentro… muy dentro haciendo un desastre. Sin dejar de tocar, sin pensar en detenerse. Muerto… muerto.., muerto… mil veces muerto. Y el eco en mi habitación lo repite sin descanso. Muerto. No… ¡Silencio…!

Las luces se mueven, como en una feria. Yendo de lado a lado, iluminado las nubes grisáceas. Pasajeras, efímeras, en medio de un cielo oscuro que parece inalterable. Inamovible, como las ideas. Como los traumas arraigados en la inconsciencia.

-      ¡Silencio…!          

Mi corazón parece estallar, mis oídos zumban, la cabeza me da vueltas. Tengo los pies helados. Los dedos a punto de caer. Listos para ser devorados por los gusanos. Trompetas, un piano desafinado, una voz rasgada traída por el viento, cantando al ritmo de la melodía. Un bajo de tres cuerdas, de dos cuerdas, de cuatro cuerdas, subiendo y bajando… Tambores y carcajadas. Las personas despidiéndose en un adiós interminable, el sonido hueco de los besos, el llanto y los abrazos.

Sombras uniformes moviéndose en zigzag. De arriba abajo, de un lado a otro. Bajo la cama se siente frío, se siente miedo. Se siente seguro, pero no es seguro; solo es el refugio del miedo que paraliza los huesos. Que pone lívida la carne, y blancuzca, como la nieve, la piel. Seca y arrugada como la de un lagarto.

Las sombras, son esqueletos bailando, rebosantes de alegría; tocando sus viejos y ajados instrumentos, charlando animadamente. Pero yo… yo estoy atormentado en mi habitación. Sin sueño, sin sosiego, temiendo ser encontrado por las luces de los faros, con figuras cadavéricas y ojos encendidos en llamas. Entre tanto, mi cabeza no descansa, me falta el aire, los oídos zumban y el corazón parece estallar dejando un desastre. Siendo un desastre.

Una breve interrupción, la orquesta dejó de tocar, la música se detuvo. Las parejas dejaron de bailar al ritmo de la música, pero nunca se detuvieron. Parece que todo se desorganizó. Se suspendió en el tiempo… Como sus pies descalzos sobre la tierra aún húmeda y el cemento seco. Miran por la ventana. Sus ojos oscuros, infinitos, sin pupila, sin pestañas… sin cuencas, parecen lacerarme. Herirme muy hondo en el pecho. Como agujas incandescentes que punzan el miocardio… Matando lenta y constantemente.

El cielo imperturbable, inmutable, inamovible; como ideas arraigadas. Heridas sin sanar y un piano desafinado, intentando retomar una melodía. Intentando guiar a los demás instrumentos en la misma canción. Los esqueletos siguen el ritmo de la canción, desafinados, naufragando a la deriva. Una trompeta, un contrabajo con tres cuerdas, con dos cuerdas, con cinco cuerdas… Haciendo retumbar la ventana, filtrándose por las paredes. Las voces, las risas y el llanto… Arriba la pista de baile; abajo las despedidas interminables de dos cuerpos tibios, aún dilatados. El sonido hueco de los besos, el llanto y el abrazo. La despedida.

Las agujas incandescentes en el miocardio. El corazón a punto de estallar dejando un desastre. El zumbido en las orejas. El tocadiscos girando sin ruido, mascullando una idea. Maldita alegría, desafinada tristeza. La aguja tratando de tocar el disco, sin lograrlo... ¡Locura…! ¡Silencio…! Las nubes siendo arrastradas por el frío en un cielo infinito.

-      ¡Pumm! -estalló- y todos aplauden de alegría. Yo aplaudo de alegría.

El zumbido de la música, las voces, las carcajadas… El corazón inerte, el tocadiscos girando, sin aguja. Las manos se levantan. Piden mi asistencia. Mascullando una vil idea… limpiando con sal y limón una herida que no sana. Aplauden, arengan y gritan. Por fin alcancé la fama, por fin fui alguien. Hice una venía… una, dos y tres veces. Saludo… al público que me aclama y salto... Salto por la ventana y me veo caer de bruces al suelo. Recojo mis huesos y me reconstruyo. 

Corro y al llegar gritó -¡Que viva la fiesta!- Pero nadie contesta, nadie me alaba, nadie me aplaude. Estoy solo…

-      ¡Que viva la fiesta desafina…! -grito-

Nadie pudo escuchar al gastado tocadiscos que nunca se detuvo… Al amanecer los esqueleto, apurados por la proximidad del guarda, se guardaron en sus ataúdes y se secó la tierra. Pero las sombras continuaron bailando en mi habitación…    

   

 

   

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